​​ A nivel del agua está la calavera indígena, risueña y erótica, luego una mujer que levanta a un niño en sus brazos. Se observa entonces la mazorca de maíz en inmediaciones del vientre de la segunda mujer, que se convierte en fuego; en el extremo superior, el hombre que atrapa las estrellas . Rodrigo Arenas Betancourt   Medellín, 11 de agosto de 2017. Hoy se hará entrega de los trabajos de restauración de la escultura La Fuente de la Vida del maestro Rodrigo Arenas Betancourt (Fredonia 1919-Medellín 1995). Esta obra realizada entre 1971-1974 está instalada en el corazón del sector Suramericana, uno de los más emblemáticos de la ciudad, y ha constituido un referente obligado para varias generaciones de medellinenses. Con un peso de 975 toneladas y 44 metros de bronce y concreto, esta escultura de |4 metros de ancho y |4 de alto es una muestra de la función que para Arenas Betancourt debía tener el arte. Según sus palabras, las esculturas en espacios públicos deberían devolverle a los antioqueños las ganas "de mirar hacia arriba", tanto como hacia sus raíces y pasado. En un interesante ejercicio de planeación, a comienzos de los años 70, Medellín le dio la cara a su Otrabanda (el otro lado del río), a la que se llegaba pasando el puente de Colombia. Allí, en los alrededores de Suramericana, la arquitectura y el urbanismo quisieron darse la mano con el arte. El consagrado Maestro fue llamado entonces a realizar esta escultura con la que quiso tanto celebrar los nuevos rumbos como recoger herencias mitológicas y saldar deudas históricas. Durante varios meses se instaló allí, en una especie de campamento cubierto por vallas, del que fue emergiendo, poco a poco, esta declaración escultórica que conectaba a la tierra con el cielo, como en la tradición precolombina. Su impacto fue decisivo tanto a nivel urbanístico como simbólico. En su monumental espiral un hombre y una mujer primordiales giran y se elevan, mientras la oscuridad de las raíces se entrelaza con el erotismo de los cuerpos, la gravedad con la levedad, el agua con el fuego. La muerte con la vida. Unión de contrarios, en unos combates, donde la identidad se va tejiendo alrededor del maíz, referente con el que Arenas honraba su aprendizaje mexicano. Hace parte también de esta imaginería, la calavera o catrina en la base, una muerte risueña, según afirmaba el Maestro. Es una obra de su madurez, donde vuelve a algunos de los temas de su preferencia, señalados por Otto Morales, como la liberación de lo que está abajo, la desnudez como sinónimo de libertad, los elementos de la naturaleza, lo masculino imbricado con lo femenino, ideas expresadas en un lenguaje decididamente alegórico y americanista. También están allí muchas estrategias suyas reconocibles como el dinamismo envolvente y ascendente, la relación con el paisaje, el sol y el viento, sus juegos de masas y volúmenes, de llenos y vacíos, su figurativismo no realista, su reto a la pesadez y la búsqueda de equilibrios imposibles. Trascendiendo la estatuaria religiosa de las catedrales o la política y heroica de las plazas mayores, se creó así, alrededor de la Fuente de la vida , un nuevo concepto de espacio público: un plácido jardín urbano, no solo para atravesar rápidamente como lo exige la vida moderna, sino para quedarse y degustar, tanto por su paisajismo, como por su relación con el arte acogido sin tensiones en su centro. Un espacio para recorrer, pues esta es una obra que solo se le revela a un espectador en movimiento.   De otro lado, con esta escultura, la zona fue señalada sólidamente en el mapa cultural y urbanístico de la ciudad, convirtiéndose en uno de sus referentes más importantes.  Hoy está en la memoria de los jóvenes que la saludaron camino a las funciones de la cinemateca El Subterráneo , o los niños que iban a esperar a que emergieran pececitos rojos y blancos de entre sus aguas. La calavera nunca los asustó. Con el transcurrir de los años, y a pesar de que el espacio público de Medellín ha sido reescrito una y otra vez, esta Fuente de la vida continúa congregándonos y recordándonos aquellas palabras del Maestro: "esto es lo que somos, todo lo demás va y viene". Idea espiritual que, sin embargo, requirió de complejos cálculos matemáticos. Para que fuera posible esta alegoría aérea, se necesitaron en la vida real el equivalente a 60 kilómetros de varillas de hierro reforzado y para las formaletas 125 metros cuadrados de fibra de vidrio. Su construcción exigió una gran inversión económica y unos retos técnicos inéditos para la época. Tanto que su calculista, Jaime Muñoz Duque, obtuvo por este trabajo el Premio Nacional de Ingeniería de 1971. Sin embargo, todo material tiene su desgaste natural. Por ello acaba de ser restaurada por una empresa que la aprecia y entiende su valor. Los trabajos de restauración de la obra hoy incluyen una recuperación completa del bronce con labores de pulido, lavado, curado e impermeabilizado. También se realizó una recuperación completa del concreto, incluyendo la mejora de restauraciones anteriores. Además, se verificó el mantenimiento del sistema de bombeo y de la piscina. Con estas acciones, SURA espera devolverle a la ciudad no solo un espacio icónico y de alta recordación, sino parte del legado escultórico de uno de sus grandes maestros quien, según Morales, nos insistía en "la urgencia de estar plantados en el universo".   Nombre de la obra: Fuente de La Vida (Tentación del hombre infinito) Autor: Rodrigo Arenas Betancourt Material: Concreto y bronce Dimensiones: 14 metros de diámetro x 14 metros de altura Año: 1971-1974   * Sol Astrid Giraldo (Colombia), Filóloga Clásica de la Universidad Nacional y Magister en Historia del Arte de la Universidad de Antioquia, periodista cultural, investigadora y curadora independiente. Colaboradora de revistas latinoamericanas. Ha realizado catálogos y curadurías para diversas instituciones colombianas. El énfasis de sus investigaciones ha sido el cuerpo, sus representaciones y sus cruces con la violencia política y el género en el arte colombiano y latinoamericano.​